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Cul de Sac4 min read

13 marzo 2021
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Aunque su traducción literal es “Culo de Bolsa”, la interpretación más familiar del término Cul de Sac es “Carretera sin salida”. En cualquiera de los casos, ambas acepciones sirven sobradamente para explicar la situación en la que nos encontramos en el Paraguay. A un año de haberse anunciado la irremediable llegada de la pandemia del Covid-19, la situación no podía ser peor: a la crisis económica se sumó la política y social, mientras que el único paliativo que se esperaba jamás llegó. Esto es, un proceso ordenado y sostenido de inmunización, que ni siquiera sabemos cuándo se iniciará.

La tormenta perfecta dicen algunos. La prueba palpable de la ineptitud total del gobierno dicen otros. Lo cierto es que el descontento no se pudo frenar y ya llevamos más de una semana de marchas y contramarchas, que no se podrán frenar con absurdas persecuciones judiciales y ni la adquisición masiva de balines de goma. Creer que por esa vía se amedrentará a la población es como comprar gasolina para apagar incendios. La gente está justificadamente enojada, y lo que hace falta es una política y social de emergencia acorde, inmediata y efectiva.

En este tren de cosas el aplazo es masivo. La cancillería no ha logrado más que unas pocas migajas a modo de donaciones de vacunas que nos dan vergüenza. Nuestras embajadas más importantes han hecho mutis por el foro y del canciller, -que en los primeros momentos cuando ocupaba el Ministerio del Interior se escuchaba tanto-, hoy se sabe poco o nada. Para más colmo el embajador saliente de nuestro país en la Argentina, Julio César Vera Cáceres, puso en evidencia el poco caso que se le hizo cuando tuvo una oportunidad de mediar para la compra rápida de los antídotos.

Es triste ver el nombre de nuestro país en el fondo de la tabla de los que han iniciado su proceso colectivo de inmunización. Nos muestra con claridad meridiana lo poco que pesamos en el consenso internacional de las naciones y el gran fracaso de nuestras relaciones internacionales de los últimos 40 años. En pocas palabras: nadie nos atiende el teléfono. Nadie nos registra. No existimos.

El desconcierto es tan grande que contagia a toda la sociedad. Por un lado se aconseja abandonar las concentraciones masivas para evitar más contagios, con unos hospitales, públicos y privados colapsados, pero al mismo tiempo siguen las provocaciones a la masa: los aumentos de sueldo en el Congreso no son otra cosa que eso, las compras y los contratos innecesarios también. Se pide el camino de la paz pero se ejerce todos los días el poder brutal de la indiferencia criminal hacía la desesperante realidad que vive la población, sin trabajo, con enormes deudas, sin futuro para sus hijos.

De esta manera la gente desemboca su ira en el clásico “que se vayan todos”, una fórmula entendible pero peligrosa, porque generalmente de la misma emergen los liderazgos mesiánicos o los populismos de derecha o izquierda que mucho prometen pero nada tienen para responder a una emergencia de esta magnitud.

El camino por lo tanto será duro. Cuando parecía que teníamos todo para una recuperación acelerada de la gran caída del 2020 nos vino esta segunda oleada del Coronavirus sin haber hecho correctamente los deberes. La gente ya no aguantará un segundo encierro total. El retraso de las vacunas no hace sino agregar más angustia y rabia a este desolador escenario.

Es muy probable que este gobierno aguante porque así lo han decidido los poderes fácticos. Sin embargo eso no garantiza absolutamente nada. El largo camino de aquí al 2023 puede ser un calvario de impredecibles consecuencias. El callejón sin salida en el que nos hemos metido como sociedad no muestra una salida fácil. Ojalá nos quedé alguna rendija por la que por lo menos se filtre una tenue luz de esperanza. Y que Dios nos ayude.

Mario Ferreiro


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