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El Último Acto2 min read

9 enero 2021
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No podía ser de otra manera: el presidente más díscolo e histriónico de la joven historia democrática de los EEUU, no podía marcharse de otra manera. Cual capítulo final de “The Apprentice”, Mr. Donald Trump llevó mucho más allá del límite de su propia megalomanía el acto final de su mandato, que estaba definido por un rutinario acto de aceptación de los resultados y proclamación que se cumple sin contratiempos cada cuatro años en el famoso Capitolio.

Sin embargo esta vez, la insoportable certeza del que está a punto de resignar el poder de la, hasta ahora, mayor potencia mundial, le hizo impulsar una movilización variopinta que irrumpió en la mítica colina de Washington D.C. Una pueblada con ribetes que serían hasta cómicos si no fuera porque, -como siempre ocurre cada vez que se agitan los fantasmas del populismo autoritario-, hubo muertos y heridos, además de militantes trumpistas detenidos, que por cierto fueron abandonados 24 horas después por su mesiánico líder en un discurso que se volvió sorprendentemente timorato después de tantas bravuconadas previas.

Entre los invasores de los sacrosantos salones del Congreso había de todo: desde el joven vestido cual  líder de Jamiroquai, hasta corpulentos neo-nazis luciendo orgullosos sus negras remeras con la horrible leyenda que reza: “6 millones no fueron suficientes”, en grotesca alusión al holocausto. Tampoco faltaban las siempre ofensivas banderas confederadas, ni los diversos colectivos conspiratorios, en los que se mezclan desde la ilusión de una América “Grande de Nuevo”, hasta aquellos que creen que en verdad todo lo que está ocurriendo es el resultado de un oscura trama en la que concurren perversamente pedófilos, iluminatis, reptiliános, comunistas y por supuesto los oscuros ideólogos y ejecutantes del “nuevo orden mundial”.

La tormenta pasó por el momento, pero los daños causados son todavía difíciles de estimar. Biden recibirá una nación devastada por el Covid-19 en medio de una profunda división social e ideológica. Los disturbios raciales del año pasado aun no han cicatrizado y nos son pocos los que se preguntan qué hubiera pasado si los vándalos del Capitolio hubieran sido negros o latinos.

La recomposición del tejido social de los EEUU, -que desde luego siempre ha sido muy frágil por su violenta historia-, podrá tomar años y su resultado aún es impredecible. Pero por lo menos ya no estará en la Casa Blanca un hombre tan obsesionado con su propia persona, como para ser capaz de pisotear la voluntad popular y llevarse puesto un país entero en su negación compulsiva y enfermiza de la realidad. Algo es algo.

Mario Ferreiro


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