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La Empatía Ausente4 min read

7 febrero 2021
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“Moõ piko che aikuaapáta, yo no soy médico”, cuando irrumpió la famosa frase en medio de una rutinaria mañana de cobertura periodística toda la sala de prensa de la radio pareció detener de pronto su habitual trajín: ¿En realidad lo dijo? ¿Ustedes escucharon lo mismo que yo? Fueron las preguntas que nos formulamos  entre la incredulidad y la perplejidad, cuando desde Villarrica todavía retumbaban las expresiones sarcásticas del Presidente ante los ruegos desesperados de un poblador de la zona, angustiado hasta el llanto por la falta de medicamentos para su hermano gravemente enfermo de Covid-19, como tantos compatriotas en todo el país.

El incidente fue breve pero de consecuencias demoledoras.  La carcajada posterior a la frase no hizo sino agravar todavía más el significado doloroso de la inesperada reacción de Mario Abdo. Cuando comenzó el proceso de enmendar el lamentable lapsus ya era muy tarde. La paciencia ciudadana, amplificada por su inmediata repercusión en las redes sociales, desató toda su justificada furia ante un exabrupto tan ofensivo como deplorable e hiriente.

La pronta solución del inconveniente puntual tampoco sirvió de mucho, menos cuando se concretó la burda maniobra de grabar al pobre afectado un agradecimiento impuesto y degradante. La factura de la farmacia proveedora, con el timbrado vencido agregó un toque tragicómico que ni el mejor libretista sarcástico podría imaginar. Un nuevo paso de la triste comedia del poder estaba consumado.

Tampoco sirvió de mucho la acusación presidencial de la manipulación ensayada con más dudas que convicción 24 horas más tarde. Un simple y humilde pedido de disculpas hubiera sido mucho más efectivo. El problema de fondo es que ese sentimiento de sincero arrepentimiento ante un desliz verbal de tales características  debe provenir de lo más íntimo del titular del ejecutivo, no de lo que dicte una “Sala de Situación”, un grupo de asesores, o un experto en marketing político. Esas cosas salen del alma, pasan por el corazón y se dicen sin más trámite que un sencillo pedido de perdón, sanador por donde se lo mire o escuche.

Lo trágico de todo este asunto es la ausencia total de empatía por parte de nuestro mandatario con los sectores más vulnerables de la sociedad. La Real Academia de la Lengua Española define este concepto con meridiana claridad en sus dos acepciones:

EMPATÍA, del griego empátheia:

1.  f. Sentimiento de identificación con algo o alguien.

2. f. Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos.

Cuando no estamos equipados con esa fundamental característica de la personalidad es muy difícil que ella aflore espontáneamente ante hechos que conllevan el dramatismo natural de una situación de vida o muerte. ¿Cómo podemos entender el llanto de un taxista que ya no tiene fondos para comprar remedios para su hermano, si jamás estuvimos ni tan siquiera cerca de una situación similar en toda nuestra vida? Muy difícil, por no decir imposible. Nadie puede dar lo que no tiene.

Por eso, finalmente, quizá el presidente no sea del todo culpable. Su inexplicable y cuasi fantasmagórica carcajada, después de la grotesca expresión en guaraní, se parece demasiado a lo que uno escucha sin prestar demasiada atención en los círculos más requintados de la alta sociedad asunceña. Ese desprecio jocoso casi natural hacia el pobre no es un elemento extraño en esos círculos. Son los mismos que repiten que “el que es pobre lo es porque así lo quiso” y recomiendan “estudiar para no andar mendigando más tarde”, como si la igualdad de oportunidades y el acceso igualitario a la educación de calidad sea una cuestión natural en el modelo social y político paraguayo.

En realidad la frase lamentable y la risa grotesca nos pusieron ante la incómoda realidad de un país inexplicablemente enamorado de sus verdugos, prácticamente desde su fundación como Nación.

MF


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