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La Espera que Desespera4 min read

13 febrero 2021
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El actual modelo de distribución internacional de las vacunas para enfrentar la pandemia del Covid-19 desnuda de un modo flagrante la lógica egocéntrica de los polos de poder mundial. Lejos quedan tratados, convenios y grandes conferencias en donde se predican valores como la unidad y la solidaridad. Los discursos grandilocuentes han quedado vacios de contenido real cuando hubo que proyectar un método equitativo de inmunización. El viejo y primitivo sálvese quien pueda es la norma no escrita que ya está siendo puesta en práctica por los países más pudientes.

En el momento de la verdad Europa, EEUU, las grandes potencias económicas orientales e incluso Israel, no han tenido demasiados miramientos hacía Latinoamérica. Poco parece importar que fue esta región del mundo la que los acogió generosamente en sus mayores crisis humanitarias de post guerra, o los apoyó estratégicamente en foros internacionales cuando la situación así lo ameritaba. La retórica diplomática demuestra una vez más su escasa utilidad mientras la población local se pregunta: ¿cuándo nos tocará?

Más allá del burocrático sistema COVAX, que nos pone en la cola de los parientes pobres del mundo, ninguna potencia amiga ha mostrado con el Paraguay el más mínimo gesto de solidaridad. “A llorar al campito” y a esperar que ocurra algún milagro de una improbable mejor gestión de nuestras autoridades parece ser el lema. Incluso las proyecciones más cautelosas afirman que por tal motivo, países como el nuestro y otros del África, seremos los últimos en completar un proceso de inmunización  que tomará por lo menos dos a tres años.  Un panorama verdaderamente desolador.

A nivel regional tampoco se siente mucha empatía. Es que nuestros vecinos están peor que nosotros  y desde luego es muy difícil que alguien pueda ofrecer lo que no posee. Paraguay es el país que produce anualmente alimentos para 50 millones de personas en todo el mundo. Sin embargo no somos capaces de obtener 3 millones de vacunas, para arrancar decididamente una campaña intensiva que ponga freno al temible y perjudicial avance del Covid-19, que tanto dolor ya ha traído a miles de familias en todo el territorio nacional. Mientras tanto Chile ya va por la segunda ronda de vacunaciones que alcanzan a la mitad de su población.

De muy poco sirvió, -ya lo dijo un alto funcionario del MSPBS-, que hayamos hecho bien los deberes desde el punto de visto de la prevención. Tampoco alcanzó el supremo esfuerzo realizado por la población para acatar las duras medidas de confinamiento. Esas cosas no aparecen el cuadro de honor del comportamiento social mundial ni se traducen en gestos solidarios de reconocimiento. Desde luego pretender eso ya era una ingenuidad. Pero aún así no deja de sorprender la ausencia de algún gesto aunque sea simbólico de ayuda, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de los países más pudientes han acaparado dosis que duplican las necesidades reales de su población.

Como si todo lo anterior no fuera angustiante, a la incertidumbre de la llegada de las vacunas se han sumado los problemas de provisión suficiente de insumos esenciales para tratar a los enfermos de Covid y otras dolencias complejas que generalmente precisan de terapia intensiva. La tormenta perfecta, con capitanes poco aptos y una tripulación agotada de tanto esfuerzo. No olvidemos que 44 profesionales de blanco ya fallecieron debido al #covid19 en Paraguay. De este número, 19 son enfermeros/as y 12 son médicos/as.

Ya lo dijo irónicamente Michael Moore: “El Capitalismo es una historia de amor”, claro que justamente en vísperas de San Valentín, hay amores que duelen. Y  como cantó Joaquín Sabina, que acaba de cumplir sus 50 más 22: muchas veces “Los amores que matan nunca mueren”.

Mario Ferreiro


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