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La Otra Epidemia2 min read

28 noviembre 2020

No es aquella que se registra puntillosamente en frías estadísticas ni en proyecciones matemáticas

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No es aquella que se registra puntillosamente en frías estadísticas ni en proyecciones matemáticas. Y si bien los organismos internacionales han esbozado algunas advertencias al respecto. La procesión realmente va por dentro de las casas y de las comunidades, y altera conductas antes asumidas como naturales pero hoy enfrentadas a la contradicción permanente de la nueva realidad.

Hablamos de la otra epidemia, aquella que ha acompañado silenciosamente el largo periodo de encierros y protocolos ensayados durante todo el 2020. Una serie de cambios de usos y costumbres que en muchos casos forman parte indisoluble de nuestra ancestral forma de ser.

Cuando todo esto comenzó, una extraña tarde de marzo, no imaginábamos tamaña modificación de nuestras rutinas más básicas: de pronto los abrazos fueron abolidos. El saludo con dos besos –“uno por mejilla”, como canta Sabina- pasó a ser un campo minado. El austero apretón de manos sufrió de pronto un frio exilio, que sigue hasta hoy.

Los abuelos fueron radiados del calor fundamental de los nietos. La distancia física no tardó en enfriar los hogares hasta el pico máximo de la soledad. Las reuniones virtuales se convirtieron en la imitación burda e ineficaz de aquellas mesas familiares que alimentaban cada domingo nuestro espíritu hasta llenarnos el alma del combustible necesario para soportar toda la semana.

El Covid-19 nos fue sacando todo: comenzaron a caer seres queridos. La lejana amenaza de Wuhan aterrizó en medio de cada barrio y nos inoculó el germen del miedo social y la mezquindad. ¡Hasta hubo pedidos de expulsión de vecinos infectados con el maldito virus chino vilipendiado por derecha y por izquierda!

Pero eso no fue todo. Nos privaron de la más antigua, y sagrada de nuestras tradiciones: el derecho a despedirnos dignamente de nuestros muertos. De repente el virus se metió en medio de ese momento único en el que todos necesitamos 24 horas para dar el adiós a aquella persona que parte de este mundo para no volver. Hasta los velorios y entierros fueron sometidos a duros protocolos profilácticos e insensibles.

Cuando esta pandemia pase y se convierta en un mal recuerdo. Es muy probable que las duras estadísticas y los puntillosos detalles científicos se vayan con ella. Pero quedará para siempre la sensación de haber perdido lo más esencial de nuestra condición humana: la empatía y su prima hermana, la siempre necesaria y vital solidaridad.

Habrá que desandar un largo camino para recuperarlas hasta incorporarlas nuevamente la –ojalá- recuperada normalidad. Que así sea.

Mario Ferreiro


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