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Lecciones No Aprendidas4 min read

17 noviembre 2021
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En estos días, hablando en Canal 100 sobre la proximidad de la cena de Nochebuena, una oyente me escribió sobre las dolorosas ausencias que se verificarán en ese momento tan especial del año. De golpe y porrazo dicha persona nos situaba ante la enorme dimensión de un drama que al parecer vamos olvidando, mientras nos entusiasmamos con el supuesto retorno a la normalidad.

El elocuente mensaje de Mapi decía lo siguiente:

“La navidad este año no se cómo será para mí; esta maldita pandemia le llevó a mi compañero de vida, sin él estoy más sola que nunca. Éramos muy unidos. Espero que los que no pasaron por esto sepan entenderme”.

Son casi 16.400 personas que no estarán con sus seres queridos compartiendo un momento de profundo significado espiritual. Cuando se eleven las copas para desearnos una feliz navidad, ellos no estarán con nosotros. Sus ausencias marcarán el tono de un encuentro familiar que de ese modo ya nunca será completo ni exento de una nostalgia imposible de apagar.

Se trata de personas que todavía tenían numerosos planes, proyectos y sueños. En muchos casos ni siquiera tenían enfermedades de base, o si las tenían, las mismas no representaban peligro inminente de perder la vida. Ni hablar de las secuelas tanto emocionales como financieras que dejaron esas dolorosas e inesperadas partidas. Verdaderas tragedias que tomará mucho tiempo dejar atrás.

Apenas lo comenté al aire, otra oyente redobló la apuesta con un mensaje de tremendo contenido dramático: “Yo perdí 5 seres queridos: una prima de mi papá, 8 meses después mi papá, 5 meses después la hermana menor de mi padre, 15 días después el hermano mayor de mi mamá, otros 15 días más tarde el hermano menor de mi mamá”.

¿Será que en este momento de relajación colectiva, en la que los jóvenes no consideran pertinente vacunarse y muchos adultos ya no se muestran interesados en completar sus respectivos esquemas de vacunación, nos acordamos de lo que vivimos hace apenas algunos meses? ¿Es tan frágil nuestra memoria para no recordar que estuvimos a punto de quedar sin oxígeno en los hospitales mientras los enfermos se apiñaban en las salas de espera, ubicados en improvisadas sillas de terapia intermedia?

¿Alguien recuerda los verdaderos campos de refugiados que se montaron en los patios de todos los centros hospitalarios de referencia? ¿Será que guardamos algún respeto mínimo hacia el personal de blanco que cayó en esta guerra desigual contra un enemigo prácticamente desconocido, sin contar con las armas apropiadas para defenderse?

Pocas veces se ha tenido una experiencia tan brutal de pérdida colectiva de memoria en un tiempo tan veloz. No estamos hablando de un hecho lejano ocurrido hace décadas, recordado de un modo cansino y aburrido por nuestros mayores. Es algo que nos pasó ayer, que nos llenó de angustia y generó no pocos problemas en materia de convivencia y conductas colectivas.

Todavía tenemos a nuestros niños tratando de superar las graves carencias educativas y emocionales de no ir a clases presenciales casi dos años. Sin embargo, nuestra respuesta a estas realidades es la indiferencia o incluso lo que es peor: la negación.

Ahora que llegan las fiestas, con su carga de emociones y esperanzas, quizá sea el tiempo propicio de repasar todo lo que nos ha pasado desde aquel fatídico marzo del 2020 en el que ingresábamos a un mundo incierto y oscuro. Hablamos de ese tiempo en el que la letalidad del Covid nos empujó al encierro, el aislamiento y la incertidumbre. Sin embargo, ante la inminencia de una tercera ola, no se nos ocurre mejor idea que responder con la apatía y el descreimiento.

Muchas veces la repetición de nuestros errores parece ser la mejor representación de lo que somos como sociedad. Ojalá estemos todavía a tiempo de corregir tan garrafal inconducta ciudadana.

Por Mario Ferreiro


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