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Lo que la pandemia se llevó4 min read

16 mayo 2021
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Además de lo fatalmente irreparable, -la pérdida hasta hoy de 7.482 vidas humanas-, el Covid-19 se ha llevado en sus 432 días de presencia oficial en el Paraguay un buen número de otras cosas. Cada vida interrumpida por la pandemia es una tragedia que se multiplica y ramifica en una cadena de seres queridos, de desamparos inesperados, de planes abortados, y de problemas emocionales, financieros y funcionales que se arrastrarán por décadas. Por si todo esto no fuera suficiente, el exasperante goteo de vacunas al que nos somete un gobierno fallido, agrega al escenario un dramatismo digno de la peor pelicular de terror.

Cada muerte ocurrida en los últimos meses se pudo haber evitado con la llegada continua y masiva de vacunas, como lo están haciendo la mayoría de los países mejor organizados de la región.

Sin embargo a nuestra población se le ha sometido a una cruel ruleta rusa, en la que un arma cargada parcialmente circula todos los días de mano en mano por todas las familias paraguayas.

Así vamos cayendo aleatoriamente mientras se anuncian llegadas esporádicas e improbables de unas pocas vacunas, y se organizan agendas para “vacunatorios sin vacunas”, un insólito e innovador aporte de nuestro país a la crisis sanitaria mundial.

En todo este trámite el Coronavirus nos ha quitado miles de puestos de trabajo, poniendo en entredicho nuestros valores más básicos (la solidaridad aflora en los niveles más vulnerables, pero se ausenta en los sectores más poderosos), y ha terminado por minar definitivamente nuestra precaria autoestima. Cualquiera que todavía tiene un trabajo o puede seguir una carrera observa como caen día tras día compañeros, jefes, profesores y amigos, unos con mayor gravedad hasta el desenlace fatal, otros a salvo luego de penosos días y no pocos gastos que, en realidad nadie sabe cómo iremos a recuperar. Todos absolutamente devastados.

La pandemia ha modificado lo más esencial de nuestra condición humana: el sentido básico de acompañar al enfermo hasta el final, y el derecho sagrado de velar y enterrar decentemente a nuestros fallecidos. El virus ha destruido la capacidad de contención de las familias y los amigos reunidos en su fe para acompañar a los que perdieron la vida.Todo debe hacerse en un proceso sumarísimo, en el que ni siquiera hay tiempo para digerir el verdadero sentido de una pérdida tan significativa. Entre tanto, la legislación aprobada para el reembolso de los gastos es confusa y burocrática. Muy pocos tienen la capacidad de atender números y facturas cuando hay que salir corriendo para conseguir medicamentos u oxigeno para nuestro familiar internado.

Ni hablemos de las secuelas que en materia de salud mental van quedando en aquellos que lograron salvarse. Conversando con muchos de ellos se oyen relatos de ataques de pánico y fuerte depresión post-Covid. Seguramente nos tomará mucho tiempo decodificar la suma de daños colaterales que fue dejando esta terrible pandemia, que en nuestro caso todavía parece muy lejos de iniciar su recorrido final y el fin de su vigencia.

El Paraguay no había pasado nada semejante desde las lejanas guerras internacionales y la fratricida revolución de 1947. Miles de familias diezmadas inesperadamente aún se debaten entre el dolor y la necesidad perentoria de subsistir. La ausencia del Estado es lo único que prevalece dolorosamente.

El Covid nos quitó prácticamente todo: los seres más queridos que aún no estaban en tiempo de partir; el esfuerzo económico de años, los oficios y profesiones que desarrollamos toda la vida. En fin: nos arrasó un tsunami y el gobierno nos avisó después que no había salvavidas suficientes, y que éstos llegarán gradualmente, en un periodo incierto de tiempo. Es muy difícil encontrar una definición más próxima a la palabra genocidio.

Mario Ferreiro

Imagen: BBC


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