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Los Daños Colaterales3 min read

27 junio 2021
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A los 12.365 fallecidos que ha causado el Covid-19 en el Paraguay durante sus 474 días de tenebrosa presencia entre nosotros, hay que sumar otra cifra que plantea un problema social de graves consecuencias y necesaria atención prioritaria: el gran aumento de la pobreza.

Los números publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) son claros y apabullantes: El año pasado, empujados por la pandemia, se registraron 264.590 nuevos pobres en nuestro país.

Son personas que perdieron su sustento de vida por el cierre masivo de comercios, suspensión de servicios, pérdida de su mercado consumidor, y muchos otros daños colaterales ocasionados por la expansión del coronavirus en todo nuestro territorio.

Este gran contingente ha tenido que abandonar forzosamente la clase media, para retornar una forma de vida en el que prácticamente se sobrevive día a día, con la incertidumbre de poder alcanzar o no lo más básico para garantizar la subsistencia. Esto ha incidido también en la gran migración de personas del sistema educativo privado al público, al igual que la alta demanda que este escenario ha generado sobre la salud pública, no solamente en los casos vinculados a la pandemia.

El INE considera pobres a aquellos que tienen ingresos inferiores menores  a los 712.618 guaraníes en las áreas urbanas, y 506.201 en el ámbito rural. Se considera que esas cifras alcanzarían al menos para cubrir las necesidades en materia de canasta básica de consumo. Todos aquellos que han bajado sus ingresos en relación a esa estimación mínima necesitan de la asistencia del Estado o de las organizaciones de caridad para poder vivir. El hambre acecha a estas familias.

El panorama tal como se ve es complejo, y demandará de grandes acciones de la sociedad para revertir dicha tendencia cuando la peste comience a batirse en retirada. Sin embargo, para eso seguimos necesitando una campaña de vacunación mucho más agresiva y efectiva de la que hasta ahora hemos logrado implementar, y por supuesto una mayor conciencia de la población. Los países ricos lo entendieron rápidamente y reaccionaron bajo su lógica: acapararon todas las vacunas que podían e inmunizaron rápidamente para reactivar su economía. Así de fácil.

Aquí todavía nos queda un doloroso y largo trecho. Al dolor de las muertes y las internaciones largas se suma la debacle financiera de vastos sectores de la población. Volver a la “normalidad” de ese punto debe ser nuestra tarea principal en los próximos años. No es por cierto una empresa que se pueda abarcar desde un solo sector. La misma demandará un esfuerzo de todos los niveles de la sociedad. Claro que para ello se precisa de un liderazgo que tenga el respaldo y la confianza de la gente. Algo que el actual gobierno ha perdido de un modo casi irrecuperable.

La gran pregunta es por lo tanto: ¿Cómo haremos para salir de este atolladero sin fracasar en el intento? La respuesta esté probablemente en el accionar de cada uno de nosotros en el campo en el que nos toque actuar. Nos esperan todavía años de sacrificio colectivo para recuperar un clima social, político y económico en el cual podamos depositar nuestras esperanzas de un país mejor.

Aún así todos sabemos que el momento de empezar a construir ese modelo es ahora mismo. Cuando la pandemia pase habrá que ponerse de pie en tierra arrasada, tanto en lo anímico como en lo económico. Es casi lo mismo que hicieron nuestros mayores después de las grandes guerras y las revoluciones fratricidas que asolaron nuestro país a lo largo de su historia. Ahora nos toca a nosotros, esperemos estar a la altura.

Mario Ferreiro


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