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Mis amigos anti-vacunas4 min read

15 agosto 2021
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Al principio creí que se trataría de grupos exóticos, personas atrapadas en una suerte de fundamentalismo ideológico que se mueve entre la religión y la pseudociencia, hijos aventajados del furor de noticias falsas que pululan por internet, cuasi marginales de la realidad que encontraban en esta lucha la bandera ideal para enarbolar su particular visión de la vida.

Los pensaba extraños, absolutamente alejados de los círculos familiares, laborales y sociales que uno frecuenta, hasta que, -con no poca tristeza y algún estupor-, descubrí que no es así, que están entre nosotros, mucho más cerca de lo que jamás hubiéramos imaginado. Forman parte de grupos que queremos y respetamos. Compartimos lazos de afecto sincero y en más de un caso vínculos de parentesco o afinidades de pensamiento en muchos otros campos. Veníamos bien hasta que irrumpió la maldita pandemia instalando su extraña mezcla de temor, soluciones mágicas, teorías encontradas y supersticiones.

Estoy hablando de mis amigos anti-vacunas, gente de carne y hueso como uno, padres de los amigos de nuestros hijos, parientes entrañables a los que ya no se les puede decir nada sin que se resquebraje para siempre una relación de años. Son los que confunden el concepto de vacuna experimental, con estos antídotos que han recibido certificación de emergencia por la grave situación de la epidemia en todo el mundo. Son aquellos que nos aseguran que, como ya tuvieron Covid-19, están automáticamente inmunizados, por no hablar de los fanáticos de la dioxicloroquina y otros tratamientos sin base científica solida.

No les mueve un pelo las contundentes cifras que evidencian el descenso de casos de contagios y muertes en los países en los que se ha vacunado masivamente. No les llama la atención el pronunciado descenso de decesos en nuestro país, que hace poco más de un mes promediaba los 150 por día, y hoy  gracias a Dios y a la ciencia, no llegan a 20. Tampoco parecen conmoverse con los testimonios lacerantes de familias que han perdido con diferencia de días a todos sus integrantes, o aquellas que se salvaron pero quedaron con deudas que hipotecaron para siempre su futuro.

Hoy mismo me contaron el caso de una persona que estuvo varias semanas en terapia intensiva, a punto de morir, pero que ahora que se ha salvado milagrosamente, persiste en que su decisión de no vacunarse es la correcta y comparte ese pensamiento con todo el resto de su familia. Pocas veces se ha visto una convicción tan decidida, a la que ni siquiera afectan las evidencias más terribles como lo pueden ser la muerte o la forma grave de la enfermedad, cuya respuesta más eficiente persisten en negar.

Es cierto que uno puede decir: “allá ellos con sus teorías estrafalarias y que asuman las consecuencias de sus respectivas conductas”. Pero el problema es que la persistencia en esa postura nos terminará afectando a todos: al sistema de salud, que apenas se ha podido tomar un respiro después de un año de inhumana saturación (con numerosas bajas en sus filas); a miles de niños, que al no estar en edad de vacunarse, aún están expuestos e inermes a las nuevas variantes del virus; y en general a todo el sistema de convivencia social que necesita desesperadamente reactivar la economía, para recuperarnos de esa otra gran tragedia: la quiebra de miles de negocios y el gran desempleo sufrido durante tanto tiempo.

Es cierto que no se los puede obligar a nada. Quizá por eso tan solo sea el difícil tiempo de esperar que las evidencias, por más duras que sean, hagan su trabajo y que finalmente los escépticos entiendan que esta es una cuestión de vida o muerte. Si así no lo hicieran que Dios se apiade de ellos y por qué no, también de nosotros.

MF


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