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Prisioneros de Nuestra Realidad3 min read

17 octubre 2021
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El que crea que el único problema de nuestro desastroso sistema penitenciario son las celdas VIP pierde de vista la gravedad generalizada de este gran drama que fue empeorando año tras año, hasta convertirse en una bomba de tiempo siempre a punto de estallar.

Lo ocurrido la semana pasada en el procedimiento fiscal-policial realizado en la penitenciaría de Pedro Juan Caballero no es más que la confirmación de una verdad que todo el mundo conoce, pero nadie encuentra la manera correcta de resolver. La tan mentada reforma penitenciaria no está en la agenda de gobierno alguno, como lo denunció hace unos días por la 780 José Antonio Galeano.

“La crisis penitenciaria debe posicionarse en la agenda pública como un problema real”, manifestó Galeano, del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura, advirtiendo que a su criterio, el traslado masivo de internos va acarrear más problemas al sistema penitenciario.

“Es preocupante la falta de una política penitenciaria clara y desde el 2019, estamos llamando la atención sobre eso”, agregó. Recordó también que hay una acordada de la Corte, que insta a los jueces a no abusar de la prisión preventiva y hay que comenzar a cumplir eso, pues hoy hay 14 mil personas en las cárceles y 11.500 de ellas, sin condena.

Todos vimos hace poco por Netflix al periodista y ex convicto inglés Raphael Rowe, quien pasó una semana en Tacumbú, donde entrevistó a internos y conoció cómo es la vida dentro de la cárcel más grande de Paraguay. Recordó que en uno de las grabaciones fue atacado por un interno, describió que son violentos por una cuestión de sobrevivencia y criticó la falta de recursos que los vuelve aún más violentos.

“Se vuelven feroces criminales dentro de los pasillos, para sobrevivir, Tacumbú es una de las prisiones más peligrosas de la Tierra. Tan sobrepoblada, que centenas de presidiarios duermen a la intemperie y la violencia y las muertes son una forma de vivir”, expresó.

Cualquiera pensaría que un programa de televisión de alcance mundial ameritaría aunque más no sea una declaración formal de los representantes el Estado paraguayo comprometiéndose a modificar dicha realidad por lo menos gradualmente, pero nada de eso ocurrió. Nuestro país sigue con graves problemas en cuanto al reconocimiento de sus propias falencias en materia de Derechos Humanos, amparado en un pensamiento colectivo que cree sinceramente que las condiciones infrahumanas de hacinamiento y brutalidad dentro de las cárceles forma parte del castigo que merecen los infractores de la ley.

En realidad, como ya se ha dicho muchas veces, nuestras cárceles así como están no son más que verdaderas universidades del delito desde donde egresa mano de obra especializada y deseosa de ingresar lo más rápidamente al cada vez más demandante mercado laboral de la delincuencia. Las estructuras internas no le van en zaga: la compleja red de privilegios, desde los más básicos como comer y asearse, hasta las famosas celdas vip o el uso discrecional de las privadas, forman parte de un esquema que mueve millones de guaraníes por día.

Para cambiar esa realidad no basta con interrumpir el proceso sino sobre todo de reemplazarlo por uno más eficiente y sobre todo justo. Si se hace solamente lo primero es evidente que será solo por algunos días para calmar a la prensa y al público, para luego retornar al mismo esquema que se mantiene por décadas. Y si se insistiera en igualarlo todo por lo bajo, no tardaríamos mucho en volver a sufrir sangrientos motines como el ocurrido hace no mucho tiempo en San Pedro, con su saldo de ensañamiento y vendettas atroces.

Las cárceles de nuestro país son una vergüenza mundial. La bomba de tiempo sigue con su mecanismo activado y nos estallará en la cara más temprano que tarde si no modificamos drásticamente nuestra concepción misma del asunto. Ahora es el tiempo de hacerlo.

MF


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