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Una Sociedad Enferma4 min read

20 febrero 2021
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El primer paso para comenzar el camino de recuperación de una enfermedad es reconocer la existencia de la misma. El concepto que habitualmente se enseña en todas las terapias de tratamiento de adicciones, en verdad se puede aplicar a todo tipo de dolencia. Por eso, cuando el Dr. Pablo Lemir dijo que los graves hechos ocurridos esta semana, -el sangriento motín de la penitenciaría de Tacumbú, el repudiable asesinato de Olga Feliciangeli, además de los numerosos intentos de feminicidio ocurridos en todo el país-, “son el reflejo de una sociedad extremadamente violenta que solo sabe resolver sus conflictos de esta forma”, nos puso a todos ante un espejo cuya imagen reflejada muy pocos quieren reconocer.

Es cierto que cada caso tiene sus propias características, pero lo expresado por el conocido médico forense debe movernos necesariamente a la reflexión y ojala que también a la acción.

Es más, Lemir, quien por su trabajo suma años de observar en primera línea las consecuencias de esa conducta social, va más lejos y nos previene sabiamente que este comportamiento “no se puede justificar ni con el agregado de estrés de la pandemia del coronavirus, ya que ha venido creciendo en los últimos años. Es un reflejo de una sociedad enferma”.

Por si acaso, el experimentado forense nos dejó una contundente conclusión: “de nada sirve aumentar las penas motivadas por las reacciones o pedidos de la gente, ya que en realidad lo que muchas personas buscan es venganza y no justicia”. Más claro, imposible.

Pablo Lemir no es abogado, ni especialista en Derechos Humanos. Tampoco proviene de un sector “progresista”, que podría despertar los habituales prejuicios de aquellos que creen ingenuamente que el endurecimiento de las leyes vigentes obrará el milagro de modificar esta terrible realidad. Se trata simplemente de una persona hastiada de recoger los escombros de un derrumbe social y moral sostenido que se ha vuelto descontrolado y desesperanzador.

Esta semana registró al mismo tiempo múltiples ataques a mujeres, con intentos flagrantes de feminicidios y agresiones de todo tipo, que han quedado incluso registradas por cámaras de vigilancia. En la mayoría absoluta de los casos los agresores fueron parejas o ex parejas de sus víctimas, con la consabida y dolorosa rutina de denuncias previas indebidamente atendidas y la clásica visión dominante de no meterse este tipo de conflictos que parece permear constantemente la reacción de la policía, la fiscalía y la sociedad toda.

El año pasado el número de ayuda 137 registró 11 mil pedidos de auxilio por casos de violencia doméstica, y en total se atendieron casi 15 mil casos concretos de violencia contra la mujer. La destrucción del tejido social se dé de un modo progresivo y permanente. Las secuelas que dejan estos hechos en las familias es de una duración tan extensa que cuesta prever las consecuencias futuras.

Entre tanto deterioro del sistema penitenciario es de un volumen tal, que ya hemos sido repetidas veces objeto de penalizaciones internacionales y tuvimos el extraño honor de que Tacumbú sea objeto uno de los primeros capítulos de una serie de Netflix que documenta “las peores cárceles del mundo”.  A nadie pareció importarle. Ninguna autoridad atinó a ofrecer alguna explicación o proponer una hoja de ruta que modifique el horror. Tuvimos que esperar la exhibición de decapitados en el patio de la cárcel mayor del Paraguay para comenzar a escandalizarnos.

Todos lo sabemos, pero callamos de manera cómplice con la perversa idea de que el que va a ese lugar se merece tamaño infierno, olvidando conceptos básicos de reinserción social y dignidad humana, por no mencionar el precepto del perdón que nos enseñan esas mismas escrituras sagradas que repetimos como loros sin comprender nada y mucho menos aplicarlo a nuestras vidas.

Lemir tiene razón. Estamos muy enfermos, necesitamos una terapia intensiva en materia de enfermedades mentales. Somos  una sociedad embriagada de violencia, que debe reeducarse, comenzando por sus fuerzas de seguridad, siguiendo por quienes estamos en los medios fungiendo de líderes de opinión, hasta llegar a todas y cada una de las escuelas primarias en las que debemos romper el circuito maldito de la aceptación de la brutalidad y el fomento de la indiferencia.

Mario Ferreiro

 


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